Es probable que François Perrier no requiera de una extensa introducción para aquellos que se han interesado en la historia del psicoanálisis lacaniano. Luego de un primer análisis con Maurice Bouvet y otro con Sacha Nacht, Perrier llegó al diván de Jacques Lacan en 1956, de quien pronto se convirtió en uno de sus alumnos más cercanos. Siguiendo al maestro, abandonó la Sociedad Francesa de Psicoanálisis, convencido de la decadencia que reinaba en la IPA. Tal vez la anécdota más conocida sea cuando Perrier se rehusó a leer el acta de fundación de la École freudienne de Paris, que iniciaba con un contundente “Yo fundo…”. Fundación que tuvo lugar en el apartamento de Perrier, que terminó como devastado por un cataclismo. Pero las rencillas y los desacuerdos no se hicieron esperar. En octubre de 1967, Perrier votó en contra del dispositivo del pase, para finalmente renunciar a la EFP en 1969, el mismo día en que Lacan le dijera a su público: “Designen a Perrier presidente de la Escuela y verán en lo que se convertirá”. Ese año, junto a otros colegas, Perrier fundaría el Cuarto Grupo, del cual —otra vez por rencillas y desacuerdos— dimitiría en 1981.
Estas y otras historias son narradas en su libro Viajes extraordinarios por Translacania,[1] a medio camino entre la historia y la ficción, en el cual Perrier hace un recuento de su recorrido por el psicoanálisis hasta 1985 (fecha de la publicación del libro) en calidad de “sobreviviente del lacanismo”. De manera un tanto fabulada, le describe al Pachá —el capitán de un navío que acaba de subirlo a bordo— los conflictos internos, las grandes figuras, los grupos y grupúsculos del psicoanálisis francés, en especial de las islas que componen el archipiélago de Translacania: la de los Sobrevivientes (de la que fue rescatado), la de las Mujeres (que viven junto a los dirigentes del Cuarto Grupo), la de los Moribundos (“enfermos de autolisis de Lacan”), la de los Sanos (habitada por los que terminaron con el “trabajo de duelo” de Lacan sin convertirse en sus exégetas) y la de Skholé que: “No forma psicoanalistas sino subproductos de Lacan y, por eso, el nepotismo reina sordamente” (p. 30).
Aunque Perrier también refiere a algunos personajes del lacanismo, desde las primeras líneas advierte: “Todo parecido real, aproximativo o anagramático con personas que viven en la actualidad o que hayan existido, es fortuito” (p. 13). ¿De verdad? Cabe dudarlo, pues el cifrado que pone en juego a veces es muy endeble. Un ejemplo: menciona a un “muchacho encantador, seductor, elegante y originario de Quebec” que habita la isla de los Sanos, quien además “tiene un barco que se llama Confrontación”. ¿Cómo no pensar en René Major, nacido en Montreal, ciudad de la provincia de Quebec, quien por diez años (1979-1989) dirigió la revista Confrontation? Si bien es cierto que la ficción añadida a algunos acontecimientos o la escritura en clave de ciertos nombres puede dificultar la certeza de algunas de las cosas que ahí se narran, no es del todo imposible seguir ciertas pistas para su desciframiento.
Por supuesto, Perrier no sólo escribe sobre las maneras y los estilos que caracterizan a cada una de dichas islas y sus habitantes, sino también los de “el Gran Jacques” —mote de Lacan que le había dado la Troika, el grupo de estudios conformado por Granoff, Leclaire y Perrier—, el cual, a la manera de un volcán, fulminaba y, no en pocas ocasiones, explotaba con furia, dividiendo a cualquier precio. Un reproche que, por cierto, Perrier también le hizo a Lacan en una carta redactada en 1965 que jamás llegó a su destino (¿realmente lo era?), pero que fue dada a conocer de forma parcial por Élisabeth Roudinesco.[2] He aquí un extracto:
Está usted destruyendo lo que pretende fundar: ya sea una escuela o un pacto de confianza con sus amigos. No puedo en lugar de usted buscar la causa y la función de ese autosabotaje. […] Su dificultad de relación con todo el grupo independiente, sobre todo si está compuesto de amigos verdaderos, vuelve a traerle siempre al principio de la relación privilegiada, de la confidencia personal para con todo tercero. Así es como divide usted para no reinar nunca.
Una larga serie de desencuentros y recriminaciones se dan cita en el libro de Perrier, quien le dedica a Lacan palabras poco benevolentes, incluso al hablar de su propio análisis —“lo que le interesaba al maestro no era tanto el análisis de un tipo histérico-fóbico sino la forma en que su predecesor me había tratado y me había vuelto hipocondríaco e impotente” (p. 21)— al mismo tiempo que confiesa su admiración, aún mucho tiempo después de su ruptura con él. En definitiva, se trata de un testimonio con claroscuros, tragos amargos y momentos emblemáticos que ha despertado opiniones contrapuestas. Algunos han hallado confirmada su animadversión hacia Lacan, mientras que otros han desconfiado de las palabras de Perrier.
Algunas de las reacciones al libro fueron mordaces. Recién aparecido en Francia, Serge André no dudó en calificar a su autor como un “verdadero lisiado, tanto a nivel corporal como psíquico”.[3] Una diatriba así no podía agarrar de sorpresa a Perrier, advertido como lo estaba de las visceralidades del medio psicoanalítico. “El psicoanálisis es un asunto de tripas” (p. 97), nos dice. Lo curioso es que Perrier efectivamente da en el blanco cuando, al poner en suspenso la supuesta genialidad de Lacan —genialidad que tanta fascinación ha provocado en algunos— señala: “Hoy como ayer, el secreto es saberlo descifrar; también lo será a posteriori” (p. 23). Sólo la lectura podría vehicular ese desciframiento para romper con el encantamiento. La transferencia tampoco se exime de esto.
Por su parte, a raíz de la aparición de la biografía de Lacan escrita por Roudinesco, Jean Allouch lanzó una diatriba contra la lectura no crítica de esa carta escrita por Perrier (la historiadora sólo la califica de “sublime”). En aquellos tiempos, Allouch hizo algunos fuertes señalamientos a Perrier: que el acto analítico consiste precisamente en dividir al sujeto; que Perrier no podía reprochar a Lacan haber “institucionalizado solo” la EFP cuando él se había negado a leer el acta de fundación; que tal invitación de parte de Lacan ponía en acto que ese “yo” fundador estaba fundido, amalgamado en una tercera persona, era uno cualquiera… justo como el psicoanalista.[4] Si de bastonazos se trata, Allouch ha dedicado varios.
Se dice que es de sabios cambiar de opinión. Allouch no mantuvo incólume su apreciación con respecto a Perrier. En su libro más reciente, reconoció que sólo algunos de los alumnos más sagaces de Lacan, como Perrier, llegaron a preguntarse qué del decir de Lacan los había llevado a dejarse echar en su bolsillo, al punto de considerarse sus alumnos y seguirlo durante buena parte de su recorrido.[5] También advierte que, al negarse a hablar en su nombre durante el acto de fundación de su escuela, Perrier se mostraba como un alumno distinto al que Lacan esperaba.[6] En este punto estamos de acuerdo: Perrier se negaba a representar el papel del alumno que repite las palabras del maître (en su doble acepción: amo y maestro), rechazaba hacer y actuar lo que el maître solicita. Si bien no fue el único, ni el primero, ni el último en dar ese paso al costado, también es cierto que no fueron muchos los que lo hicieron.

[1] François Perrier, Viajes extraordinarios por Translacania, tr. Margarita Mizraji, Gedisa, Buenos Aires, 1986. En adelante, las referencias a este libro serán colocadas entre paréntesis en el cuerpo del texto. Agotado y nunca reeditado en español, el libro puede ser descargado desde aquí.
[2] Élisabeth Roudinesco, Lacan. Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento, tr. Tomás Segovia, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1994, pp. 463-464.
[3] Serge André, “Devenir psychanalyste… et le rester”, en La Cause Freudienne, nº 9: Les formes du symptôme, París, 1985, p. 21.
[4] Jean Allouch, “Un Jacques Lacan, prácticamente sin objeto ni experiencia”, tr. Silvia Pasternac, me cayó el veinte, nº 8: “La frágil ciencia del acto”, México, 2003, pp. 233-234.
[5] Cfr. Jean Allouch, Transmaître, Epel, París, 2020, pp. 68-69.
[6] Cfr. Ibidem, p. 11, n. 8.
